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Today: Febrero 26, 2017

Agenda

Crecemos juntos

Cuando tienes un hijo, una hija, tienes la intensión de que crezca. Antes de que nacieran tenías unas ideas... que una vez nacen se confirman... ¿o no?   ¿Crecemos junto con los hijos e hijas q....

Próximo taller on line

Cada inicio de mes comenzamos un nuevo taller. Así puedes incorporarte cuando sea mejor para ti y para tu familia. En él encontrarás todas las herramientas, que he recopilado y continúo en la labo....

Encuesta

Una "torta a tiempo" es una victoria
 

"Es necesario educar, para no castigar."

Integrar en la sociedad PDF Imprimir Correo electrónico

Nací en una familia de escasos recursos financieros que puso en mi su ilusión de “salir” de la pobreza. Por aquella época estaba de moda que tener un título universitario te convertía en una persona de éxito. Nadie nos advirtió que 20 años más tarde tener una carrera sólo era garantía de tener un papel con ciertas características.. Cuando tenía 17 años las conversaciones en familia hablaban de los médicos que no trabajaban como médico porque no “había sitio” para todos, pero el “papel título” garantizaba que en cuanto hubiera sitio podrías hacer “lo que te gusta”.


Hoy tengo 45 años y he pasado, como cualquier persona de mi edad, por diferentes lugares en la vida. Primero por la creencia de que un “trabajo fijo” y además con el estado era la mejor solución. Y así lo hice desde mis 19 hasta mis 36, cuando nació mi hija. No fui feliz allí. No tenía capacidad de decisión ni de disfrute, simplemente recibía un dinero que me permitía vivir cómodamente; definiendo cómodamente como la incómoda zona de confort.


Durante ese tiempo convertí mi pasión en mi profesión. Estudié psicología aunque sabía que “no había lugar” para más en el sistema. Pasé por el aro de poner en cada examen lo que el profesor de turno esperaba. Una vez obtenida la licenciatura decidí que dicho aro es demasiado estrecho para mí. Y creé mi propio lugar comenzando con pequeñas charlas y pequeños grupos de familias.


Mi familia tenía un objetivo: que sus hijos estuvieran integrados en la cultura y pudieran tener un hogar y una posición en la sociedad. Evitar que cayéramos en la mendicidad o en cualquier otro grupo excluido. Diseñaron un camino que desde su edad y experiencia era la que nos serviría. Sólo que… La vida y el futuro es difícil de adivinar. Las familias de hoy se encuentran, como las de antaño, con la preocupación acerca del futuro de su prole. Elegir el mejor lugar para que lleguen al objetivo es una tarea complicada a lo sumo. Además la creencia de que los niños y niñas no tienen los conocimientos adecuados para decidir por sí mismos. Y en parte es así, sólo que llega un momento que asumen como funcionan la circulación vial y pueden cruzar la calle sin nuestra ayuda. Tal vez la propuesta adecuada para las familias sea facilitar la comprensión por parte de los más pequeños de el funcionamiento de la sociedad y a partir de ahí permitir que “crucen la calle” solos.


En ese punto puede ayudar un análisis de el sistema educativo y compararlo con la sociedad actual:


  • En la escuela estamos reunidos por edad y con una persona adulta responsable. En la sociedad estamos mezclados por edades y cada uno tiene una cuota de responsabilidad.

  • En la escuela primero te dan la lección y luego haces un examen y si contestas lo que el maestro espera tienes éxito. En la vida aparecen los “examenes” antes que las lecciones y rara vez puedes adivinar cuál es la respuesta acertada.

  • En la escuela la colaboración está prohibida en base a demostrar qué sabes y qué no. Cuando sales la sociedad necesita que trabajes en equipo, que mires la solución de quién tienes al lado y que reflexiones si dicha solución es la más adecuada o si puedes añadir o cambiar algo.


Basándonos en estos puntos y queriendo queriendo que mi hija pueda integrarse en la sociedad necesito cambiar la escuela o directamente usar otra opción, que legalmente en nuestro país no está reconocida. Y ahí entra el problema, cambiar la escuela implica que cada persona que allí trabaja caiga en la cuenta que no es un entrenador adecuado para la sociedad que encontrarán al salir, unos diez años más tarde. Y bueno… volviendo a los médicos de las conversaciones de mi familia, una frase común en su gremio es: “ya tenemos el título, ahora a aprender”...



Teresa García

 

Psicóloga.


 
Dolor infantil PDF Imprimir Correo electrónico

Mientras escribo esto la tristeza embarga mi corazón. Tengo recuerdos de un pasado en el que dos personas, una con ocho años y otra con doce discutían en la soledad de su casa. El padre y la madre habían salido, el uno de acompañante de la otra, que iba a su trabajo. La chica quedó encargada del chico, que solía pedir cosas a las que era necesario decir “no”. En un momento dado él sale detrás de ella con un cristal roto en la mano, con intención de hacerle una herida. Ahora, ya de adultos, ambos recuerdan la situación con una mezcla de “no saben qué”. El padre hace poco les comunicó que temía dejarlos solos porque no sabía qué iba a encontrar al volver. Me pareció inconcebible que tuviera conciencia de lo que estaba pasando y aún así diera prioridad a su esposa y madre de los chicos, dejando solos a los menores.


Tengo otros recuerdos de alguien que a los tres clavó un lápiz al lado del ojo a su compañero de escuela infantil. No sabe por qué lo hizo y no puede acceder a las emociones asociadas a esa situación. No recuerda si había adultos cerca u otros niños. Tampoco qué pasó a su compañero. Accede a la soledad, sólo a eso.


Podría poner más y estoy segura que quienes estén leyendo esto podrán recordar alguna situación de este tipo, vivida en primera persona o bien por estar cerca mientras sucedía. Lo común cuando lo escucho de testigos es decir que ese niño o niña era “malo”. Si lo dice el “actor principal” es tener asumido que era malo a unos niveles increíbles. Mi trabajo suele consistir en desmontar esa creencia.


Para empezar, en esa edad no hay conciencia de las consecuencias de los propios actos a largo plazo. Por otra parte el control de impulsos está aún en plena etapa de ensayo-error. Una de las experiencias más duras para mí como profesional es escuchar a alguien a cualquier edad, pero sobre todo a menores de 18 años decir que son malos. Lo primero porque no es cierto, no tienen el desarrollo suficiente para serlo. Lo segundo porque cuando has generado esa creencia empiezas a percibir el mundo desde ahí, como con cualquier creencia. Esto genera una profecía auto-cumplida que cada vez empeora más la situación.


Hoy escuchando esta entrevista de “time for truth” me sentí muy identificada. Peter Gotzsche habla de lo que necesita un niño o niña cuando se mueve más de lo habitual y no es una medicina. El explica que un adulto en situación de crisis por psicosis o por depresión lo que necesita es alguien que quiera hablar con él o ella. Que eso lleva mucho tiempo y que no hay muchas personas dispuestas a hacerlo. Ya después habla de los estudios que ha llevado a cabo acerca de los efectos de la medicación que se usa en esas situaciones y en su opinión hace más daño que bien… No entro a valorar eso, porque mis conocimientos no están especializados en ese sentido, aunque sí he pedido su libro para leer los estudios científicos que él ha usado para llegar a sus conclusiones.

Mi identificación viene porque habla del cuidado a otras personas, y que el problema está en una sociedad capitalista que no tiene espacio para cuidar a otras personas. Las dos situaciones con las que empecé este post justo hablan de esto. En la primera un padre y una madre, quiero pensar que por ignorancia, dejan a sus hijos solos para resolver un tema delicado (podía haber sido abuso sexual o cualquier otra cuestión). No me apetece culpar a esas personas, sino describir la situación.

De igual forma la segunda situación donde hay aún más personas mayores de edad implicadas. Los padres y madres de los niños, y las maestras o maestros de infantil que no estaban cerca o que estándolo no tuvieron forma de evitarlo. Los unos posiblemente por situaciones de trabajo dejaron a sus hijos en la escuela infantil, a veces sin tener en cuenta a cuántos niños y niñas de esa edad pueden cuidar con cierta calidad un adulto sólo. Y el maestro o maestra que no sé de cuántos niños cuidaría, pero contando con la edad de la persona que me lo contó, puedo pensar que al menos 20. No sé si fue en un recreo o fue dentro del aula. Si fue en un recreo, el número puede ascender drásticamente, igual hasta 60. Cuando llegas hasta esos dos niños, el daño ya está hecho. Y de nada sirve preguntar quién “tenía que hacer qué”... Ahora enfrentar el “barco hundido” es mucho más difícil que haber estudiado cuidadosamente la situación.


En ambos casos, la primera recomendación es que haya un adulto o adulta atenta que no delegue la responsabilidad en alguien que aún no ha adquirido la capacidad. Por las descripciones de Bowlby sabemos que a los doce años apenas estamos comenzando a descubrir el significado de nuestros actos. Y en los primeros siete años de vida estamos construyendo nuestra imagen, no tenemos suficiente soporte para pensar en un “otro”, porque simplemente para nosotros no existe como tal, aunque sea nuestro compañero de juegos. Tanto el niño de ocho años con su cristal como el niño de tres con su lápiz recibieron sendos castigos por sus actos, cuando lo que necesitaban era un acompañamiento cercano con escucha abierta. Su actuación ya les había provocado una herida y el castigo sólo contribuyó a agrandarla.


La naturaleza a los primates les da solo un hijo o dos cada vez, y tiene su razón de ser. No entiende de economías capitalistas, sino de crecimiento adecuado. Cuando en la primera infancia se dan situaciones de golpes fuertes, tanto a nivel físico como emocional, es importante preguntarnos si tenemos los medios para tratar el tema. Si no los tenemos el daño puede ser muy difícil de reparar. Y mientras escribo esto siento profunda pena, porque la organización de nuestro sistema continúa dejando sin medios a la infancia y enfermando aún más a la sociedad. Culpar a unos adultos que actúan así no tiene utilidad, básicamente porque no cambia la situación.

Mi blog es pequeño, pocas personas lo leen… hago lo que está en mi mano, y me siento un poco como levadura tratando de leudar una masa demasiado grande para mi…


Teresa García

 

Psicóloga.


 
¿Qué es hacer trampa? PDF Imprimir Correo electrónico

Palabra que encierra inteligencia en todas sus acepciones, dedicada a conseguir “una mejora” con respecto a otras personas o animales. Para ello en ocasiones es necesario “romper las reglas”. Esto es imprescindible cuando tratamos la creatividad o el pensamiento lateral, es necesario “encontrar otros caminos de acción”.


El “asiento” de este concepto es la competitividad, ya que en un ambiente de colaboración esa palabra carecería de sentido. Se nos hace difícil pensar en un animal que colabore dejando que le mates y lo conviertas en alimento… aunque sabemos que en la sabana conviven herbívoros y carnívoros en paz y cercanos, salvo en el momento de caza. Tal vez nuestras gafas de “supervivencia del más fuerte” nos impiden ver la colaboración entre especies, el equilibrio que la naturaleza muestra.

De igual forma, se nos ha explicado que es el espermatozoide más fuerte el que llega al óvulo, aunque sin la colaboración de los demás, por fuerte que sea no llegaría (sólo necesitas ver las pruebas de fertilidad masculina). Darwin ha calado muy profundo ya que aunque los hechos no apoyan la teoría, preferimos continuar pensando igual, ¿o no?


En los juegos las trampas toman un papel relevante si están basados en la competitividad, mientras desaparecen por completo en los cooperativos. Como si de un juego competitivo se tratara, cuando mi madre me hablaba de mis compañeros y compañeras en el trabajo me advertía acerca de los chanchullos. Me advertía que no tuviera relaciones cercanas porque el riesgo era perder el trabajo. Los engaños estaban a la orden del día. Y en la escuela me acostumbré a verlos de forma natural. Yo tenía tan buena nota, que el engañar para mí hubiera sido suspender, y aunque no lo crean, yo deseaba suspender para ser como los demás. A mi alrededor veía los engaños continuamente, se copiaban los deberes, se “robaban” los exámenes para saber con antelación las preguntas. Recuerdo una ocasión en que “por ser la lista” todos se copiaron de mi “control” de matemáticas. Me puse tan nerviosa que fue el único que suspendí, y por ello, todos los que copiaron de mi.


Y bueno… tal vez la escuela prepara para la sociedad, una sociedad que está cimentada sobre los pucherazos. Mi abuelo (analfabeto) decía que los abogados se contratan para encontrar la “puerta falsa de la ley”, es decir para saltarsela. Mi abuelo no tuvo la oportunidad de ir a la escuela, aunque posiblemente sabía muy bien cómo manejarse ante las estratagemas que la cultura sostiene. Y claro, me pregunto si es imprescindible estar obligatoriamente haciendo trapicheos para convencer a unos educadores y educadoras, de tu inteligencia. Peter Gray en su libro “Free to learn” muestra que en estadísticas anónimas el 95% de los alumnos admiten haber hecho martingalas, y el 75% de un modo descarado además (McMahon 2007, Oleck 2008, Pytel 2007).


Supongo que este es un coste añadido al que ya nombraba. Si consigues memorizar y adivinar lo que el maestro o maestra quiere que digas te irá bien. Claro que enfrentas fuentes inagotables de estrés. Escuchar que los amaños cortocircuitan tu aprendizaje: lo repiten continuamente, supongo que por la claridad de no poder ver todas las trampas, no porque sea verdad. Decidir entre ayudar a mis compañeros y compañeras (el citado examen de mates) y fallar al mismo tiempo a la confianza que los adultos habían puesto en mi. Ser una “denunciante” para mis maestros, una “chivata” para mis compañeros. ¿Qué punto de vista me convenía? ¿De quién necesitaba más aceptación?

Y a mi me fue bien en la escuela… Estaba “cómoda” allí, aunque la desconfianza en mi misma se forjó a un nivel muy profundo. Entiendo profundamente a las personas a las que escucho decir: “confío en muy pocas personas o en muy pocas cosas”. Aunque no lo sepan, forjaron la sospecha en sus años de educación, y lo más triste es que la mayor parte de las veces sucede de forma no consciente.



Teresa García.

Psicóloga.

 
La crianza ¿predice el voto? PDF Imprimir Correo electrónico

Peter Gray hace todo un análisis de la personalidad de Donald Trump. Su comportamiento si miramos el DSM IV entra en la personalidad narcisista. Aunque esto no es lo que más me sorprende de su artículo, sino que muestra que las creencias acerca de la crianza fueron un predictor muy potente de la intención de voto.


Mattew McWilliams y las preguntas raras


Es la primera vez que en una encuesta política alguien decide preguntar acerca de la crianza. A finales de 2015, antes de las primarias, este científico político de Massachusets dirigió una encuesta entre los 1800 votantes registrados. Además de las preguntas habituales incluyó cuatro muy raras:

  • En la crianza es importante que los niños sean:

    • Respetuoso o independiente

    • Obediente o autosuficiente

    • Bien-educado o considerado

    • Correcto o curioso

Las respuestas a estas preguntas han mostrado ser un excelente indicador de una visión autoritaria de la vida. Las personas que eligen la primera palabra del par han mostrado ser altas en autoritarismo mientras que las que eligen la segunda han puntuado bajo. Para la gente autoritaria la obediencia es un valor muy importante que por supuesto quieren transmitir a sus hijos. Además suelen tener una visión muy simple de la vida, las cosas son “blancas o negras” sin escalas de grises, y encontrar un buen líder es la fórmula para resolver los problemas.


De los republicanos que puntuaron alto en autoritarismo respondiendo la primera palabra del par todas las veces, el 47% dijo que votaría a Trump. Un porcentaje muy alto si consideramos que en aquel momento había más de tres posibles candidatos. De los votantes que puntuaron bajo en autoritarismo, sólo el 18% votaría a Trump.

El estudio también reveló que entre los demócratas no había relación entre autoritarismo y preferencia por un candidato.


Contra todo pronóstico ganó Trump


Dado que Trump ha ganado las elecciones contra los pronósticos de todos los expertos, salvo McWilliams, me atrevo a suponer con estos datos que el nivel de personas con puntuación alta en obediencia ha subido con el tiempo. Tengo en mente el experimento Milgram y el juego de la muerte. En el primero Milgram supuso que la obediencia no llegaría al 1% sino que sólo algunos sociópatas darían la descarga mortal. Se encontró con un 65% de obediencia. En el segundo el escenario fue un plató de televisión y encontraron una obediencia a la autoridad del 81%.


El peligro de la obediencia

El holocausto fue posible gracias a la obediencia a la autoridad, no gracias a la consideración o la curiosidad. Las segundas palabras del par estudiado por McWilliams no hubieran colaborado. Viendo a Trump cerrar fronteras, dejar personas fuera por el simple hecho de ser musulmanes, sin haber cometido mayor delito que tener una religión, recuerdo los campos de concentración. La culpa de todos los males la tenían los judíos (visión en blanco y negro que nombraba más arriba) y la solución era un castigo. Y no puedo evitar darme cuenta que Hitler llegó al poder por votación. Esto me parece una mala repetición de lo ya vivido.


Me preocupa que la obediencia a la autoridad haya subido y me preocupa que sea un valor tan en alza. Me parece increíble que las escuelas estén basadas en la obediencia, y sigamos ciegos a las consecuencias. Tanto en el experimento de Milgram como en el juego de la muerte se da la circunstancia de que los que dan la descarga mortal creen que no son responsables, ya que el responsable es la autoridad que dirige el “juego”. Marshall Rosemberg analizó el lenguaje que usaban los acusados por crímenes contra la humanidad en la época nazi. Encontró que todos tenían ese lenguaje, que hacía responsable de los actos cometidos al jefe del estado, que nunca hubiera podido cometerlos sin la obediencia…


Existen alternativas a la educación basada en la obediencia, pero ¿podemos ver, sentir, palpar, que existe peligro real? ¿Estamos tan cegados por la obediencia que aprendimos, que ni la ciencia puede “abrirnos los ojos”?



Teresa García

Psicóloga

 

 
Por tu propio bien PDF Imprimir Correo electrónico

Esta es la frase estrella para las personas adultas que tratamos con niños y niñas, ya sea como educadores o como padres y madres. Casi siempre relacionada con algún castigo que se impone, para conseguir erradicar algún comportamiento que se considera negativo. Realmente el castigo guarda relación con el poder, sólo castiga o premia quién puede hacerlo, por superioridad física o psíquica. No cualquiera puede castigar, igual que no cualquiera puede premiar, sólo puede hacerlo quién puede.


Así cuando imponemos la escuela, lo hacemos convencidos que es lo mejor para las personas a las que lo imponemos. Rechazamos las quejas relacionadas con el régimen carcelario que allí existe, en cosas incluso peor que la cárcel: en la escuela no puedes ir al wc cuando quieres, salvo que seas maestro o maestra (o que tu maestro-maestra ya tenga claro que hasta en la cárcel vas al excusado cuando lo necesitas).


Michael Gazzaniga investigó con personas a las que para impedir que la epilepsia afectara ambos hemisferios cerebrales se les seccionó el cuerpo calloso. Les pidió, por ejemplo,  que movieran la mano, sin que el hemisferio izquierdo pudiera saberlo. Y lo hacían. Lo interesante sucedía cuando les preguntaba sus motivos para mover la mano: inventaban una respuesta acorde con el gesto (por ejemplo decir adiós a alguien). Remarco que sólo la parte derecha conocía el motivo real del gesto. No conocían la respuesta y estaban convencidos de la veracidad de la que habían inventado. Así se sostiene la coherencia necesaria para la vida. La explicación no se basaba en la realidad, sino en las experiencias anteriores acerca del gesto que se había hecho.


Cuando escuché a Ken Robinson decir que la escuela mata la creatividad, en esta charla en tedx, estuve bastante de acuerdo con él. Esto genera incoherencia en mi cerebro, sobre todo si envío a mi hija a una escuela “al uso”. Si la envío a una escuela libre o hago unschooling o homeschooling, la incoherencia aparece por el hecho visible de la inmensa mayoría de niños yendo a la escuela tradicional. No sólo yo como madre me pregunto si hago lo correcto, sino que también mi hija me preguntará y se preguntará por qué ella es diferente. Cuando John Taylor Gatto habla de las “huellas” que deja la escolarización obligatoria, me identifico en varias, y esta es una: la necesidad de seguridad que “sólo dan los expertos” (intelectualmente dependiente).


Asumo que con mi hija no voy a usar la frase “por tu propio bien”, ni siquiera para llevarla a una escuela libre. Así que cuando me hace preguntas respondo con mis motivos para elegir esa opción. Y también comunico que puedo estar equivocada y puede que en el futuro ella necesite hacer cosas diferentes a las que yo he hecho. Estos días, mientras le hacía la técnica metamórfica a Ruth, ella leía un cuento. Entonación, velocidad y comprensión perfectas. Entonces le pregunté el número de horas había dedicado en su vida, 10 años, a la lectura:

  • 30 -Contestó.

  • Pues yo creo que como mucho 5.

  • (piensa un ratito) Puede que si…

  • En la escuela tradicional te hubieran dicho que para leer así necesitarías leer un ratito cada día.

  • Eso no es cierto mamá, ¿viste como leo?

  • Cierto cariño… por este tipo de cosas elegí otro tipo de educación para ti.


Me resulta difícil enfrentar la lucha entre mis creencias, mi educación y lo que voy comprobando como real. He decidido continuar creciendo con mi hija, deshaciendo el trabajo que hizo la escolarización obligatoria en mi, preguntarme si es cierto lo que allí aprendí o no… esto supone cuestionar mi base y no aceptar la explicación que tiende a hacer el cerebro de forma automática… Además estar en un grupo minoritario añade estrés a la situación. Aún así continúo, porque situaciones como la que cuento con mi hija, o las que estudio de escuelas como Sudbury Valley o Summerhill, me dejan claro que la tradición no siempre tiene la razón…


Teresa Garcia Díaz.

 

Psicóloga.


 
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